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rabietas padresTal como y cómo he leído varios libros de educación, es fácil saberse la teoría sobre cómo educar, es más difícil ponerlo en práctica. Nosotros somos, a veces, nuestro principales enemigos. Nos dejamos llevar por emociones que vistas desde fuera resultan infantiles, un poco tontas (que hacen daño a los demás y además te hacen daño a ti mismo).

Este pasado domingo en el Parque de la Ciudad de Mazatlan, Sinaloa observamos una escena que quizás muchos hayamos protagonizado.
La historia comienza con un padre que pasea con una buena cámara fotografica, cargada al hombro. En un momento visualiza que el sitio por donde están paseando es el marco perfecto para sacar una fotografía a su hija. Una foto que después podrá enseñar en la oficina, subir a las redes sociales (por favor, ¡no lo hagas!), tener en su inmensa colección de fotos clasificadas por días. Quiere hacer una foto en ese sitio y quiere que su hija sonría, se coloque en la ubicación señalada y que aguarde a que los diferentes parámetros – luz, velocidad, enmarque, que no pase nadie por detrás – se alineen de forma perfecto.

-¡Ponte allí, que te voy a sacar una foto!
-Papá, no tengo ganas de foto- , la niña tiene aproximadamente como once años.
-Quiero sacarte una foto, a ti no te cuesta nada y a mí me hace mucha ilusión.
-Que no papá, que más tarde, que ahora noquiero, ya me has sacado muchas
-Que he dicho que te pongas- el padre ruge con voz fuerte.

La hija que pasea (algo desganada, se está mejor con las amigas) que con sus padres y no quiere que le saquen una foto. Puede ser por llevar la contraria, porque no le apetezca que nadie le saque una foto o porque ya le han sacado veinte hoy (eso es lo que parecía).

La niña y la madre siguen paseando sin atender el capricho del “fotógrafo”. El padre no puede soportarlo, se planta:
-¡Que vengas aquí, que quiero sacarte una foto, haz lo que te pido!”.
El padre se siente dueño de su hija, cree que le está pidiendo bien poco… , y se enfurece.
La madre mira atónita, mira a su marido, le recrimina cariñosamente con la mirada. ¿Es de verdad y es necesario tomar esa foto con nuestra hija ?, parece pensar.


Soy padre. Reconozcámoslo: esta escena es mucho más propia de los padres que de las madres que observan absortas el enfado ridículo, antieducativo, el momento de tensión por una foto.


Si tu hija o hijo no quiere ponerse en la foto, es posible que puedas negociarlo (“ya sé que soy un pesado, ¿me dejas que te saque hoy treinta y siete fotos?” y terminas pactando una cantidad lógica) , divertirte con el momento, reírte de ti mismo (¡déjame que me sienta fotógrafo… eres mi modelo preferida!)… pero, por favor, no te enfades.
Te lo pedimos por ti (que pasas un mal momento), por tu familia (que no llega a entender tu ira) y por tus hijos que quieren ver a un padre que sabe dominarse y que no es un niño grande, mandón, caprichoso y falto de humor.
Yo, que he protagonizado esa misma escena y me siento horrible pensando lo tonta que he sido, espero que entre los lectores de estas líneas haya algún padre o madre que se sienta identificado y cambie su rabieta por humor.