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Castigar a los niños por no hacer los deberes ¿sí o no?

Castigar a los hijos es la mejor manera de educarlos

Castigar a los niños por no hacer los deberes es una práctica habitual de disuasión de los padres. Lloros, enfados, malas caras, realmente los deberes suponen un suplicio para la familia y muchas veces no sabemos si nuestros castigos sirven de algo o no.

Castigar a los niños por no hacer los deberes ¿sí o no?

LLega septiembre y los niños acuden con fuerza y ganas al colegio. Están deseando ver a sus compañeros y avanzar un curso para sentirse mayores. Pero, no ha pasado ni un mes, cuando llegan con la mochila cargada y ojos de cordero degollado, porque saben que esa tarde no van a poder jugar con sus amigos porque tienen deberes.

No importa si son muchos o pocos, los deberes son percibidos por los niños normalmente como un castigo, y no se enfrentan a ellos solos, sino que se vuelven parte de toda la familia.

Pocas cosas dan más quebraderos de cabeza en mi familia que los deberes; nos han arruinado fines de semana, salidas al campo, excursiones con los amigos y cumpleaños. Y eso que mis hijas están sólo en tercero de primaria.

Dejando de lado el debate de si deben o no poner deberes en el colegio, cosa que me pone de muy mal humor con solo pensarlo, debo reconocer que, aunque me considero una madre comprensiva y abierta al diálogo, la cabezonería de mis hijas a no hacer los deberes, o sus distracciones continuas con lo que haya delante de sus ojos, y su actitud de aburrimiento supino a la hora de abrir el libro y ponerse manos a la obra, me saca de mis casillas.

En esos momentos en los que veo que no hay ilusión (¿cómo va hacer ilusión hacer los deberes en vez de ir al parque?), y que más parecen un perezoso en su árbol, que dos niñas activas y felices; en esos momentos en los que apoyan la cabeza sobre el libro y agarran el lápiz con desgana y miran al suelo, y en los que dejan pasar los minutos como si fueran horas; sí, en esos momentos, me salen cuernos y rabo de demonio, la cabeza me da una vuelta completa alrededor del cuello y me convierto en la madre que nunca he querido ser: la castigadora, la que grita, la que se lleva las manos a la cabeza, la que ya no sabe qué decir porque la furia la domina y lo único que hace es resoplar por la nariz y sacarse castigos de la manga: ¡no vas al cumple!, ¡no ves la televisión hasta que no acabes los deberes!, ¡no vas al parque ni a jugar con tus amigos!, ¡no, no y no!

Pero ¿realmente es bueno castigar a los niños por no hacer los deberes? ¿esta es una actitud poco sensata o la única manera de que obedezcan?

Efectivamente castigar, sea por lo que sea, es poco educativo. No resuelve el conflicto de fondo, sino para una situación concreta, y en breve volverá a repetirse.

El castigo tiene graves consecuencias en el niño: daña la autoestima, le produce tensión y agresividad, genera venganza hacia sus padres, fomenta la mentira para poder evitarlo, les convierte en inseguros, introvertidos y mata su espontaneidad y creatividad, y sobretodo, le distancia de ti, especialmente cuando los castigos niegan la comunicación: ¡no quiero oírte más!

Entonces ¿qué podemos hacer cuando el niño no quiere hacer los deberes?

No debemos castigar a los niños por no hacer los deberes, pero parece que no hay alternativa al castigo en esos casos, pero no es cierto. El castigo es una forma rápida y fácil para los padres que no queremos invertir demasiado tiempo en resolver el conflicto, es una medida de salvamento momentánea, pero nunca es educativo.

Yo he podido comprobar con mis hijas que el refuerzo positivo, el apoyar lo que hacen, el valorar lo poco que han hecho, ha conseguido mucho más que cien castigos juntos, y encima una sonrisa por su parte.

Debes poner en práctica toda tu comprensión y paciencia, invitarle a reflexionar sobre su conducta, mostrarle las consecuencias para toda la familia que él no quiera hacer los deberes y sacar tu mejor lado de orador.

El diálogo es lo mejor en estos casos. No charlas interminables sobre la vida, sino cosas concretas como pactar con él y mostrarle alternativas: “hacemos la mitad ahora y la mitad cuando volvamos del parque ¿te parece?”. Invítale a que él mismo sea quien elija cuando va a hacer los deberes, y si luego no cumple su palabra, dile que tendrá que ganarse tu confianza de nuevo.

Queremos que nuestros hijos sean autónomos, pero la autonomía llega al niño cuando somos capaces de dejarle libertad para equivocarse, elegir e incluso no hacer los deberes y dejar que el profesor le regañe, por mucho que nos cueste aceptarlo.